Evadir la madurez

Hoy se fueron Vero y Woody, la publicista argentina y el DJ mexicano que vivían en el departamento 18. Cuando llegué a este edificio hace casi cuatro años ellos ya estaban aquí, pero llevaban poco tiempo, según me dijo Ana, mi antigua roommie.

En los primeros días,  Ana me decía que los escuchaba tener sexo casi todas las noches y que eso le causaba un poco de asco. A mí la verdad me causaba morbo, pero nunca pude corroborarlo. Salvo un día que llegaba de una fiesta y traje a un ex novio a dormir a la casa. “Están viendo pornografía y se están dando fifí”, me dijo. “Eres experto en eso, ¿verdad?”, le contesté. No dijo nada más.

Seguido hacían fiestas o reuniones en casa. Traían amigos que tenían acento sudamericano. Pocas veces trajeron mexicanos. No sé por qué. Casi siempre había drogas. Era fácil deducirlo porque no se cansaban nunca. Me gustaba la música que ponían. Incluso algunas veces abría la app de Shazam para saber qué canciones o remixes eran.

Siempre estaban en casa. La única que salía era Vero, sobre todo cuando empezó a trabajar. Le daba instrucciones a personas que colocaban publicidad, o algo así. Estaba irritada de hablar con ellos la mayoría de las veces.

Yo me fui durante ocho meses a Guadalajara. Cambié de roommie dos veces, me hice periodista freelance y ellos estaban prácticamente igual. Yo nunca los escuché tener sexo. Incluso algunas veces Guillo me decía que era probable que nunca se acostaran.

Meses después vino la madre de Vero y se quedó durante meses. Dejaron de hacer fiestas y compraron muebles de adultos: comedor, sala y pasaron los aparatos de Woody a un cuarto aparte. Supongo que era una forma de decir que era momento de dejar la adolescencia tardía.

Se fue la madre. Empezaron a hacer menos fiestas y hasta compraron un coche.

Hoy la mudanza vino a llevarse todo. “Nos vamos por aquí cerca”, le dijo Woody a Guillo esta tarde.

Es seguro que se vayan a la San Miguel Chapultepec o a la Escandón, donde la gente joven empieza a formar una familia sin alejarse demasiado del barrio.

En el edificio quedan las locas que hacen fiestas y follan a gritos del 15. La vecina del 19 que estudia un doctorado en bioética y que los taxis del sitio me contaron tiene un novio que se parece a doctor House y siempre huele a alcohol. El hippie que no conozco, pero cuya novia me mira con recelo. El gay que me dijo Guillo está en Grindr, la app social para encontrar hombres, y el otro que tiene un cachorrito blanco –aunque están prohibidos las mascotas– y que trabaja en una editorial.

Y vivo yo, que descubrí estaré aquí hasta el día que decida dejar de evadir la madurez.

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