Un taller, dos horas para hacer una historia, la resaca y Lars von Trier argentino

Escribí un texto para un taller de narrativa de negocios que tomé el fin de semana pasado. No tuve día de descanso y una noche antes bebí algunas copas de más. 

Prometí que en este blog los textos iban sin botox. Así que sólo hice dos cambios de estilo que recomendó el profesor.

 

 

 

El dinero no cuenta, ni sirve para comprarlo todo

 

El hombre que parece tenerlo todo no come pan ni bebe vino.

 Aunque podría comprar una botella de Château Lafite Rothschild de 166,000 euros o un corte de carne de Kobe nipona—y sentir lo que un gato cuando pierde un pelo— no lo hace. No es sólo porque sea un hombre sencillo, como dicen personas cercanas al hombre que amasa la cuarta fortuna más grande del mundo, sino por prescripción médica.

 Pero no es el estómago, es su corazón el que está enfermo.

Cada cierto tiempo Carlos Slim convoca a sus colegas de la universidad en un Sanborn’s, dice Froylán López Narváez, profesor de la UNAM, quien asegura acudir a esas reuniones. Lo cierra para disfrutar de la privacidad que pocas veces puede permitirse un hombre como él.

—Coman ustedes que pueden— dice a sus invitados.

El doctor le prohibió beber vino o comer carne o pan. El patriarca de los Slim obedece las indicaciones del médico. Él es quien tiene poder sobre el ‘participante preponderante’ de las telecomunicaciones.

Aunque decir que el dinero no puede comprarlo todo es un cliché, Slim es la prueba viviente de eso. Los demás comen. Él sólo los mira.

Los comensales engullen rápido. Comentan sobre lo que pasa en el país, recuerdan lo que hacían cuando eran jóvenes y casi nunca hablan de los negocios del ingeniero. Parece que hasta para ellos es un tema tabú.

No me cuesta trabajo imaginar al ingeniero acostado en ‘Las Islas’, como es conocido el jardín que está frente al edificio de Rectoría y la Facultad de Filosofía y Letras y Economía. Tal vez hasta fumó mariguana o se paseó con Soumaya Domit.

Nunca le pregunté a Froylán más del tema. Incluso en ese momento nunca pensé que terminaría dedicándome al periodismo de negocios.

Slim —al menos en México— no puede llegar a un Sanborn’s y pedir unas enchiladas suizas. No me imagino cuántas personas se acercarían a decirle algo, tanto elogios como amenazas o a pedirle autógrafos como a una estrella de rock.

Los hombres de negocios no tienen la libertad de alguien que, como yo, pasa desapercibida en la jungla de la ciudad de México o en el Parque Fundidora de Monterrey, en una plaza comercial de Guadalajara o en un Soriana de Coahuila.

Es el precio de la fama. El dinero que no puede comprarlo todo. No puede comprar un lugar para pasar desapercibido y tomarse una cerveza frente al mar con Soumaya, a quien no pudo salvar.

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