El amor en tiempos de Tinder

Todo mundo habla de Tinder, ya casi todo mundo está ahí, pero en el fondo es un tabú. Ayer me di cuenta de eso cuando hablaba con un par de amigas en un café de la colonia Roma, frente a la estatua del David, de Miguel Ángel. Cuando dijimos la palabra mágica (Tinder), un tipo que iba con una chica, miró su celular y empezó a poner atención a nuestra conversación más que a su café y a su acompañante.

¿Cómo le dirías a tus amigos que conociste a un vato o a una morra en Tinder?

—Nos conocimos en Tinder.

—Aw, qué románticos —te diría nadie nunca.

Aún somos muy mochos para aceptar esas cosas. Y lo digo yo que a ratos me considero la reina del networking del amor y que en más de una ocasión he dicho que nos conocimos como una agradable coincidencia, cuando fue en alguna borrachera o porque antes salía con su amigo.

Se supone que el fin de la app social es conocer personas que te atraigan, pero entre líneas se cuela un mensaje: me gustas y quiero follar contigo.

Llevo pocos días en la app. Desde el sábado para ser exacta. Entré porque estaba aburrida en casa de mi madre, molesta con ‘el galán en turno’ y porque un amigo me había dicho que había ‘tías’ buenas. Supuse que aplicaba lo mismo para los hombres y no me equivoqué.

Tardé un poco en entender las reglas. Pero en pocos minutos ya tenía más de 20 ‘posibles parejas’ y varios ‘hola’ en el chat. Tú das likes, pero sólo podrás hablar con quien te de like también. En mi investigación he visto que los hombres no son muy exigentes. En realidad dan like a cualquiera que se vea bien o les parezca interesante. O al menos eso me han dicho.

Algo que descubrí, o eso me pareció, es que los más torpes son los que te dicen “ando caliente y quiero coger”. Probablemente eso les funcione, pero no más que para un buen sexting, con algunas morras traviesas. Es lo que yo haría en algunas circunstancias, aunque al final me rajaría para quedar para una ‘visita amistosa’. Curiosamente los más guarros son los de las fotos que parecen señoritos andaluces, como dice Elsa —o en palabras más mexicanas, mirreyes.

Los que logran el objetivo, probablemente son más cautelosos y te invitan a tomar un café o a un bar *guiño, guiño*

Ya conocí a dos tipos de Tinder en persona. La experiencia, debo admitir, no fue mala. Dos vatos amables, con gustos muy similares a los míos y muy alivianados.

Benditos sean los algoritmos. Sí señor. No diré si follé con alguno, con ninguno o con los dos, pero la app cumple el objetivo que uno quiera: sextinguear un rato, platicar de cosas intelectuales, quedarte de ver para fumar un porro y escuchar música, salir a un bar, tener sexo o hasta hacer amiguitos nuevos para platiconear.

Aunque el mayor aporte de esta app es a la vez un arma de doble filo. Puede subirte el ego muchísimo, pero también puede bajonearte.

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Por lo pronto dos amigos míos ya entraron a la app por lo que les conté. “Es el diablo”, me dijo una amiga que inició el domingo.

Para mí Tinder es una jungla, porque desde el inicio está claro que hay una atracción que con los mensajes se puede tornar intelectual, aburrida, sexy o incluso linda.

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La app permite fantasear con el coqueteo —que puede ir del rosa al rojo, según la ocasión—, también es una forma de jugar con el amor, de abaratarlo un poco más, de jugar con los estereotipos, de darte cuenta que los 29 tipos con los que haces ‘match‘ son iguales o parecidos a los que te suelen gustar en el mundo real. Es una forma de aseverar el molde de parejas. De dejar claro lo que te gusta y lo que no.

Digamos que es El amor en los tiempos de Tinder o La vida después de una app para coquetear.

Nota: Todos los personajes que aquí aparecen son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

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